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La Ciudad reverdece

El Estado de los espacios verdes en la Ciudad. Qué dice la normativa y cuál es la situación actual.

Por Sergio Mohadeb.

Publicado originalmente en la revista Pulso Ambiental de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN). Para descargar la revista completa, este es el link. Actualizado a marzo de 2017.

 

«Eeeeh, ¿Querés jugar?», me pregunta un flaco desde lejos mientras se acerca por la cancha de tierra, con arcos sin red, del Parque Avellaneda. Le dicen el «Garra» porque se engancha en todas, me cuenta. Hace dos meses que volvió a organizar los partidos, después del choque que tuvo laburando con la moto. Es domingo y yo tengo puesta la camiseta de Central, andaba disfrazado de jugador de fútbol cuando me «convocaron al partido». Esas son las reglas de la plaza, los códigos de la plaza. Estoy a prueba, no me conocen y cargo con el peso de no defraudar a mi equipo. Ahí nomás, demarcamos los laterales, no hay pintura que separe el campo de juego del afuera, unos buzos sirven de hitos.

Al fundarse una ciudad hispana, lo primero que se hacía era crear la plaza, el espacio público. «Allí concurrían todos y constituía el eje de las relaciones, desde el comercio hasta las ejecuciones», me explica el historiador Daniel Balmaceda. En tiempos del Virreinato se dio la necesidad de contar con un sector de paseo, que en Buenos Aires, fue en la actual Avenida Alem, dos cuadras entre Mitre y Sarmiento. Allí iban los vecinos, lo usaban como rincón de esparcimiento.


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(c) 2014

(c) 2014

Con el tiempo se fueron creando más parques, algunos herencia de estancias, como el de Palermo o el de Avellaneda, cada uno con su apogeo, desgaste y a veces recuperación. En el Parque Avellaneda, «la recuperación ya tiene 25 años; después de la dictadura recibimos un parque fragmentado. De las 40 hectáreas del parque, segundo espacio verde de la ciudad, habían quedado solo 10 que se usaban mal, para jugar al fútbol, erosionadas», cuenta Fabio Oliva, miembro de la Mesa de Trabajo y Consenso, un sistema innovador de toma vecinal de decisiones plasmado en una ley porteña, mientras me señala en dirección hacia la cancha.

A la cancha llegué tras bordear la huerta orgánica, en uno de los extremos del parque, cerca de una estación de tren abandonadas y de unas vías que ahora montaron para instalar un tren de paseo. La huerta está cerrada, no la abren porque había mercurio pero ya se limpió todo, «no les interesa», dice Juan Di Biassi, un actor que participa de las actividades culturales. En la huerta hay plantaciones tapadas por pasto y yuyos, el mismo que falta en la cancha y hace que la pelota pique mucho, que se levante justo antes de pegarle y que desvíe a mi primer tiro por encima del travesaño. Me toca ir a buscar la pelota, pero me la patea un señor que trabaja en el mantenimiento de parques, con quien había conversado un ratito antes.

«¿Les pagan bien? ¿Están equipados?». «Sí, lo importante es tener trabajo…». Desde allí se mantienen o se deberían mantener todos los espacios verdes de la Ciudad. Pero la mayoría del mantenimiento lo hacen empresas tercerizadas y el Parque Avellaneda no es la excepción. El Ministerio de Espacio Público Porteño no dio información sobre los gastos, sí que hay un programa para revalorizar el Parque Avellaneda y la Casona Olivera, así como otros parques como el Lezama. Para la zona 4, donde está el Parque, el boletín oficial informa que el mantenimiento fue adjudicado a Urbaser y que para el período 2005 – 2006 costó algo más que $ 7 millones. El boletín oficial porque el Ministerio no me pasó los datos actualizados. Eso sí, el parque está bastante limpio y dentro de todo bien cuidado, aunque los troncos secos evidencian la falta de varios árboles. En otros de los lugares de la Ciudad, he visto replantaciones, pero me gustaría ver un censo, un balance, de calidad y cantidad. En uno de los costados está el vivero, un perro primero y después un empleado de la Ciudad no me dejan entrar más que hasta la puerta; el vivero alberga el área más frondosa del Parque Avellaneda, un bosquecito con varios árboles, algunos caídos en un montón de leña.

«Hasta 2004 tuvimos cerca de tres mil árboles, hoy apenas llegan a los 800», me cuenta Guillermo Nacht, un vecino que participa de la Red Vecinos del Parque Avellaneda. El uso de la primera persona del plural parece ser común por estos lugares, la camiseta del barrio. «Estaban mal plantados y se fueron cayendo por el efecto dominó, pero ninguno fue repuesto», me dice Nacht, y agrega que en la última tormenta se llevó unos 300.

La ley dice que la autoridad de aplicación tiene que elaborar un plan maestro de arbolado, hacer tareas de conservación, salvaguardar las plantaciones existentes para «mejorar su desarrollo y lozanía», y también reponer los árboles con especies nativas. La constitución de la ciudad habla de la «preservación e incremento de los espacios verdes», esas son las reglas de juego. Vaya uno a saber cómo las interpretaron cuando abajo del departamento donde vivía extrajeron una vieja tipa para instalar un parquímetro. Al final sacaron el parquímetro pero dejaron un bloque de cemento que los vecinos sacamos para plantar un tilo.

Lo noto al Garra algo nervioso cuando no ordenamos la defensa, le da instrucciones a Gonzalo, un mozo petiso que juega los domingos en su horario de franco, el más habilidoso de la cancha, diría. El partido está empatado dos a dos, y ya varios amagaron con irse, pero nadie quiere ser el que desista cuando el sol empieza a ponerse detrás de la autopista y a lo lejos algunos desarman su puesto.

«¿Hace mucho que están?» «Hace como quince años», me contestan, como si el paso del tiempo hubiera consolidado la posibilidad de quedarse para vender desde medias de futbol hasta un puntero láser, en los puestos con toldos en las veredas de las Avenidas Directorio y Lacarra que bordean el espacio verde, pero fuera de este. Allí se reparten entre varios puesteros, un pedacito de vereda.

«En 1982, el Automóvil Club Argentino le compró a la Ciudad tres hectáreas donde tiene su escuela de conducción, en Palermo. El predio se escrituró en la gestión de Aníbal Ibarra», informó el diario Página/12. En otros casos hay concesiones, como las del Club de Amigos, las canchas de fútbol del parque Las Heras, varios estacionamientos, el Buenos Aires Design, restoranes y otras tantos espacios públicos, según lo denunció judicialmente el legislador Gustavo Vera.

La historia de Buenos Aires, la de Argentina en general, puede enfocarse como la historia del reparto de tierras. Hace unos días se cerró un capítulo importante, cuando la mayoría de la legislatura porteña aprobó la ley que permite la instalación de hasta cinco bares privados por parque. La ley prohíbe la publicidad en el bar, pero no en las sombrillas ni en las mesas… Y no parece tener restricciones para instalarlos en la reserva ecológica o en el Botánico. Más de 150 metros cuadrados, que restarán a los 2 y pico por habitante (3 con la reserva) que tiene Buenos Aires, versus los más de 20 de ciudades como París o New York con emprendimientos similares.

De las 300 hectáreas originales que tenía Palermo, hoy sólo se conservan 56 de uso público, me comenta Osvaldo Guerrica Echevarría, presidente de la Asociación Amigos del Lago de Palermo, y agrega que gracias al trabajo conjunto de varias organizaciones vecinales pudieron recuperar varias hectáreas. El debate también involucra la calidad del espacio verde. «Habitualmente se concibe al espacio público con un criterio paisajístico, sólo para contemplarlo. Proponemos habitarlo, aprovecharlo, usarlo», expresó el legislador que presentó el proyecto para instalar bares en los parques públicos, a cambio de construir «áreas de servicios», como baños públicos, estacionamiento de bicicletas y otras funcionalidades.

«La tendencia en Argentina es considerar un espacio verde como un espacio vacío, llenarlo de cemento, llenarlo», describe Elio Brailovsky, economista y que ocupó el cargo de defensor del pueblo. Son importantes, más «en una época en que lo privado suele verse como central, como lo evidencian los shoppings.» El punto es hasta dónde valoramos los espacios verdes y qué uso le damos.

Se escapa el flaco, no podemos pararlo ni yo ni mi compañero en la defensa, que lleva una vincha para atrapar el pelo. El arquero se adelanta, el tiro también y cantan penal. No sabemos si el desvío fue en el borde del área, se inician una serie de discusiones que van escalando, el arquero rival pega un grito, la tensión crece y es ahí cuando propongo someter la discusión a la «Mesa de consenso», pero descartan mi idea. Es penal. El Garra espera al borde del área después de darle instrucciones al arquero, uno muy flaco y con brazos largos.

Mientras acomodan la pelota, trato de imaginar al parque sin la presión de los vecinos, sin esa última línea de defensa para que lo concesionen, para que lo privaticen. Si liberan todos los parques juntos al mercado inmobiliario, en teoría el precio bajaría, ¿Tal vez por eso la privatización haya sido gradual? El arquero anticipa la intención del pateador, la pelota va hacia el ángulo inferior derecho y vuela en esa dirección, no logra atajarla pero sí la desvía, la manda al corner. Zafamos del penal, tenemos otra oportunidad.

Arco de fulbo

(c) 2014

Después de escribir esta nota veo algunos avances como terrazas verdes y paredes verdes (el dueño paga menos ABL, hay una ley), y que plantaron más árboles en distintas zonas.

 

“Sí se puede”

Una publicación compartida de Sergio (@derechoenzapatillas) el

 

Actualización de un artículo publicado recientemente:  ESPACIOS-VERDES-EN-LA-CIUDAD-DE-BUENOS-AIRES

Cito una parte:

Un caso vinculado también al distrito de Reserva Ecológica se suspendió cautelarmente la realización de un evento masivo en un predio adyacente a la Reserva Ecológica Costanera Sur, con base a su carácter de espacio protegido por normas locales e internacionales y a las expresas disposiciones de la ley 1540 .84 Juzgado CAyT N°2, “FaildeMoure, Pablo c/Estado Nacional y otros s/ amparo”, Expte. EXP 25159, sentencia del 27/04/2007. 85 Cám. CAyT, Sala 1, Expte. EXP 25159-1, resolución del 16/10/2007. 440

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