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Recitales, espectáculos y eventos públicos, la ley en el borde

| El 13, Mar 2017

En los recitales de rock o música electrónica se tensiona al máximo la cuerda entre libertad y regulación, son eventos y espectáculos en el borde. Pero los organizadores tienen un deber de seguridad. Algunas reflexiones y derechos como espectadores a shows.

El organizador del recital en escena

Un recital puede ser potencialmente peligroso pero todo supone un riesgo, incluso tomar un colectivo. O tirarse de un parapente. En general la regulación apunta a minimizar ese riesgo y a contenerlo. Ejemplo: el paracaidista tiene prohibido sobrevolar en zonas pobladas (real). Con los recitales pasa algo parecido, debe haber prevención y planes de contingencia.

“Después de Cromañón se endureció la regulación de emergencia, o más bien se empezó a aplicar. Entre otras, salidas de emergencia y capacidad máxima, dejando de lado el caso fortuito que es aquel que no pudo preveerse o que previsto no pudo evitarse. ¿Qué pasó en Olavarría?

Todos los que vamos a ver al Indio sabíamos que este recital iba a convocar más gente que nunca y todos sabíamos que no iba a bajar de 300 mil personas. Y lo sabíamos nosotros por una cuestión de intuición que tenemos los que vamos a recitales. Pero parece que la producción, la organización y el Estado que tienen las herramientas necesarias para saber de esto y la responsabilidad de hacer algo acorde no sabían o se hicieron bien los boludos“, escribió Cristian Navarrete para la Revista 23.

Ese periodista habló de una ciudad que no estaba preparada para un evento tan masivo, “Yo en lo personal caminé 150 cuadras de ida y 150 cuadras de vuelta desde mi micro hasta el predio y viceversa“, que no había baños ni controles, y que incluso le permitieron pasar con botellas de vidrio.

El predio sólo podía satisfacer sonoramente a alrededor de un 40 por ciento del público a pesar de las quince torres de sonido. Todos querían escuchar bien y mejor y por eso iban hacia adelante“, agregó. “Nadie sabia indicarte nada….llegar fue una locura. Parte del camino era una parte no asfaltada y habia llovido mucho“, tuiteó una abogada para ilustrar la desorganización y el caos imperante.


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El rol del municipio

La autorización solo puede emitirse en el marco de una ordenanza previa. El municipio se arriesgó para salir de la prohibición anterior, pero el plan falló. Por empezar, resulta curioso que una ciudad donde viven 100.000 personas pueda triplicar su capacidad, y que estas puedan entrar en un predio de ese tamaño.

¿Qué ordenanza y qué acto administrativo permitió semejante concurrencia? Ni siquiera con disciplina china puede lograrse algo armónico o infoensivo, y ni siquiera con un policía (que nadie quería) por habitante.

¿Era previsible? “El descontrol es la norma que organiza la cultura rockera-ricotera: no es el exceso que la contradice“, y conocer esa cultura, sin entrar a juzgarla, es parte del deber del organizador, escribió el periodista Pablo Albarcés para la revista Anfibia.

Si las muertes en República Cromagnon, por volumen y circunstancias, no cabían en la imaginación de nadie -aun cuando las pistas estuvieran a la mano de todos y se nos volvieran muy evidentes el día después-, el desborde de Olavarría ya estaba escrito, venía sucediendo, sólo era cuestión de tiempo hasta que se terminara de materializar“, reflexionó Pablo Plotkin en un artículo de La Nación.

La matriz del show es explicada por Plotkin: “En cada show asomó la amenaza latente de lo que se acaba. Solari es el inspirador de la matriz sacrificial que explotó en Cromagnon, y siempre fue un reivindicador del factor riesgo como componente esencial de la experiencia. (…) Y si algo se desborda será culpa de los “veinte pelotudos” que vienen a arruinar la fiesta. Como si fuera posible que entre 400.000 personas no haya al menos veinte pelotudos. El asunto es el contexto que se genera para que esa minoría no defina la suerte de todos.”

Plotkin finaliza: “Lo que resalta de los incidentes de anteayer es la evidencia del aprendizaje nulo de la experiencia local reciente.”

 

A nivel legal

En general, toda empresa organizadora del recital y el seguro es responsable de garantizar la seguridad de los espectadores, y tiene una responsabilidad civil objetiva de que salgan sanos y salvos, incluso de las inmediaciones (a nivel penal es otro cantar). Lo que diga la entrada no cuenta.

 

 

Esto es porque al asistir a un recital, el organizador asume un “deber de seguridad”, que es similar al que tiene respecto de un espectador que va a la cancha. Por ende, debe indemnizar por las lesiones y daños que sufra un asistente. Aparte, y en otra causa, el organizador tendrá acción contra los responsables de los disturbios.

El municipio es responsable subsidiario, en segundo plano, porque debe velar y controlar que se cumpla la ley. Y en su caso de anticipar las consecuencias si algo falla, al dar la habilitación y exigir recaudos (ej. médicos, bomberos, para – avalanchas, etc.). Si hubo omisiones, el municipio también podría ser responsabilizado civilmente, junto al organizador. También debe actuar si ve gente trepada a las torres de sonido, por ejemplo.

Es cierto que a veces no se puede frenar a la “masa”. La pregunta es, entonces, si es lógico autorizar un evento tan grande, juntar una masa así de crítica y disparar una reacción en cadena que no siempre es fácil de frenar. A veces la ley actúa como freno. Otras veces, y sin concreto que atenúe la radiación, la situación es dañina. Es cuestión de permitir la diversión pero con suficientes torres de enfriamiento y contención.

 

Impactantes imágenes de la marea humana ingresando al recital del Indio Solari en Olavarría

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