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Un Comentario

Un viaje a la Argentina

| El 12, Feb 2017

Hace un tiempo y a través de Juan Campanella pude leer a Hector Leis, “Testamento de los años 70”; un libro muy interesante sobre la dictadura cívico militar. Ya realizados los juicios contra los responsables de la dictadura, y sin necesariamente coincidir o disentir, Leis y Todorov dicen aportar una visión integral de la problemática del terrorismo de Estado que algunos consideran necesaria para superar las divisiones.

Tuve oportunidad de conversa con una fuente que estuvo presente en el juicio a las juntas, en todas las audiencias. Un juicio signado por el compromiso de hacer justicia pero solo sobre los altos mandos, en ese momento solo se pudo hacer eso, al parecer, por la debilidad del gobierno. Y también excluir, a la contraparte guerrillera cuyos delitos no fueron abordados, con otra gravedad y cariz pero que también merecen considerarse y analizarse en honor a la verdad, que debe ser integral y no parcial.

En esta oportunidad se reproduce un texto de Tzvetan Todorov y una cita de Héctor Leis, en momentos en que se presentó un proyecto de ley que reprime la negación de crímenes de lesa humanidad.

 

Sobre el libro “Testamento”

Se reproducen algunos fragmentos del libro de Héctor Leis. “Para que el país supere las divisiones que hoy lo aquejan, es forzoso hacer la catarsis de los 70”, decía.

Por Héctor Leis


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“Ellos [por los Montoneros] fueron capaces de matar a todos los que se cruzaron por delante de su voluntad política, sin importarles su condición, ya fueran peronistas o antiperonistas, militares, políticos o sindicalistas.

Sin embargo, soy testigo de que nuestra motivación era noble. Conservo todavía un recuerdo feliz de mi vida en aquellos años. Fueron sombríos pero también llenos de desprendimiento, alegría y amor. Sé que nuestra intención no era hacer el mal por el mal en sí mismo, pero la astucia de la razón, irónica y perversa, pudo convertir hombres buenos en malos, sin darnos tiempo para tomar conciencia. El retorno de este camino sería extremamente difícil
para la mayoría, casi imposible.

Los Montoneros ocultaron su ambición de poder por detrás del liderazgo de Perón, pero cuando se dio su retorno, y él no les entregó la dirección del movimiento peronista como esperaban, no dudaron en matar a Rucci para llamar la atención del líder sobre sus demandas, pero sin reconocer públicamente su autoría. Creían que la condición de revolucionarios les otorgaba el patrimonio de lahistoria, por ser dueños de la verdad se permitieron mentirles a sus contemporáneos. (…)

El escenario terrorista argentino de los años 70 tuvo todas las combinaciones posibles de terrorismo, uno más vinculado a los movimientos de la sociedad civil, otro más a los organismos estatales, y también casos intermedios, como la Triple A. Todos se retroali-
mentaron entre sí. Obviamente, no todos los miembros del estado o de la sociedad civil fueron terroristas de la misma forma a lo largo de la historia. Sin embargo, hubo complicidad en diversos niveles del Estado y la sociedad civil con el terrorismo producido por los
gobiernos de Lanusse, Perón, Isabel Perón, Videla, Viola y Galtieri. Así como hubo complicidad con el terrorismo de las organizaciones guerrilleras en distintos niveles de la sociedad civil y del Estado (especialmente en el gobierno de Cámpora y de algunos gobernadores provinciales en 1973). (…)

Es falso afirmar la existencia de un “terrorismo de Estado”, como si fuera una entidad pura y separada del resto de la sociedad, tal como pretenden las organizaciones de derechos humanos y el gobierno de los Kirchner. Un terrorismo no es más o menos terrorista en
función de su origen, sino de su contribución a la dinámica de terror dentro de una comunidad política.

En resumen, la víctima es una persona, pero el terrorismo se ejerció a través de ella en contra de su comunidad política. Aunque en menor grado, todos aquellos que colaboraron de una u otra manera se convirtieron en sus cómplices y, por lo tanto, también deberían ser
procesados legalmente.

Me pregunto entonces, ¿cuántos deberían estar en el banquillo de los acusados por la lucha armada estallada en los años 70 en Argentina? Ciertamente, muchos más de los que están. Los argentinos que fueron testigos de aquella época sabenque una proporción significativa de la población, especialmente los  jóvenes de la generación de los años 60, apoyaban a la guerrilla, así como otra parte no menos significativa, sobre todo de la generación anterior de los años 40, hacía lo mismo con los militares.

Preguntémonos también cuál es el peor terrorismo desde el punto de vista conceptual e histórico. ¿Es peor aquel realizado en nombre del asalto al poder o en nombre de la defensa del Estado? No hay ninguna legitimidad en el terrorismo al servicio del asalto al poder
en un contexto democrático, como ocurrió en el período de 1973 a 1976, durante el cual las organizaciones guerrilleras continuaron comportándose casi de la misma manera que antes con la dicta dura” (….)

 

 

Un proyecto de ley para reprimir penalmente la negación de crímenes de lesa humanidad

Hoy, una diputada nacional del FPV-PJ presentó hoy un proyecto de ley tendiente a prevenir y condenar la negación del genocidio y crímenes contra la humanidad.

La iniciativa reprime con prisión de 6 meses a 2 años y multa de 10.000 a 200.000 pesos a quién “públicamente negara, minimizara, justificara y/o aprobara cualquier forma de genocidio o crímenes contra la humanidad”. En el caso de que el responsable del ilícito sea funcionario público, la pena se eleva a de 1 a 4 años de prisión e inhabilitación especial por el doble del tiempo que el de la condena.

Asimismo, establece que los recursos provenientes de las multas serán destinados a instituciones sin fines de lucro dedicadas a la investigación y lucha contra el genocidio y crímenes contra la humanidad.

“En el último tiempo diversos funcionarios del gobierno han negado el alcance del terrorismo de estado y el daño que el mismo ha ocasionado en las víctimas. Estos dichos no solo hieren susceptibilidades de personas que han padecido las consecuencias del plan sistemático de terror o de personas vinculadas a la defensa de los derechos humanos, sino que significan una clara negación de nuestra historia reciente y atentan contra lo dictaminado por la justicia argentina”.

Un viaje a Argentina

Una sociedad necesita conocer la Historia, no solo tener memoria. En el caso argentino, un terrorismo revolucionario precedió al terrorismo de Estado de los militares, y no se puede comprender el uno sin el otro

Por Tzvetan Todorov

En noviembre de 2010, fui por primera vez a Buenos Aires, donde permanecí una semana. Mis impresiones del país son forzosamente superficiales. Aun así, voy a arriesgarme a transcribirlas aquí, pues sé que, a veces, al contemplar un paisaje desde lejos, divisamos cosas que a los habitantes del lugar se les escapan: es el privilegio efímero del visitante extranjero.

He escrito en varias ocasiones sobre las cuestiones que suscita la memoria de acontecimientos públicos traumatizantes: II Guerra Mundial, regímenes totalitarios, campos de concentración… Esta es sin duda la razón por la que me invitaron a visitar varios lugares vinculados a la historia reciente de Argentina. Así pues, estuve en la ESMA (Escuela Mecánica de la Armada), un cuartel que, durante los años de la última dictadura militar (1976-1983), fue transformado en centro de detención y tortura. Alrededor de 5.000 personas pasaron por este lugar, el más importante en su género, pero no el único: el número total de víctimas no se conoce con precisión, pero se estima en unas 30.000. También fui al Parque de la Memoria, a orillas del Río de la Plata, donde se ha erigido una larga estela destinada a portar los nombres de todas las víctimas de la represión (unas 10.000, por ahora). La estela representa una enorme herida que nunca se cierra.

El término “terrorismo de Estado”, empleado para designar el proceso que conmemoran estos lugares, es muy apropiado. Las personas detenidas eran maltratadas en ausencia de todo marco legal. Primero, las sometían a unas torturas destinadas a arrancarles informaciones que permitieran otros arrestos. A los detenidos, les colocaban un capuchón en la cabeza para impedirles ver y oír; o, por el contrario, los mantenían en una sala con una luz cegadora y una música ensordecedora. Luego, eran ejecutados sin juicio: a menudo narcotizados y arrojados al río desde un helicóptero; así es como se convertían en “desaparecidos”. Un crimen específico de la dictadura argentina fue el robo de niños: las mujeres embarazadas detenidas eran custodiadas hasta que nacían sus hijos; luego, sufrían la misma suerte que el resto de los presos. En cuanto a los niños, eran entregados en adopción a las familias de los militares o a las de sus amigos. El drama de estos niños, hoy adultos, cuyos padres adoptivos son indirectamente responsables de la muerte de sus padres biológicos, es particularmente conmovedor.

En el Catálogo institucional del parque de la Memoria, publicado hace algunos meses, se puede leer: “Indudablemente, hoy la Argentina es un país ejemplar en relación con la búsqueda de la Memoria, Verdad y Justicia”. Pese a la emoción experimentada ante las huellas de la violencia pasada, no consigo suscribir esta afirmación.

En ninguno de los dos lugares que visité vi el menor signo que remitiese al contexto en el cual, en 1976, se instauró la dictadura, ni a lo que la precedió y la siguió. Ahora bien, como todos sabemos, el periodo 1973-1976 fue el de las tensiones extremas que condujeron al país al borde de la guerra civil. Los Montoneros y otros grupos de extrema izquierda organizaban asesinatos de personalidades políticas y militares, que a veces incluían a toda su familia, tomaban rehenes con el fin de obtener un rescate, volaban edificios públicos y atracaban bancos. Tras la instauración de la dictadura, obedeciendo a sus dirigentes, a menudo refugiados en el extranjero, esos mismos grupúsculos pasaron a la clandestinidad y continuaron la lucha armada. Tampoco se puede silenciar la ideología que inspiraba a esta guerrilla de extrema izquierda y al régimen que tanto anhelaba.

Como fue vencida y eliminada, no se pueden calibrar las consecuencias que hubiera tenido su victoria. Pero, a título de comparación, podemos recordar que, más o menos en el mismo momento (entre 1975 y 1979), una guerrilla de extrema izquierda se hizo con el poder en Camboya. El genocidio que desencadenó causó la muerte de alrededor de un millón y medio de personas, el 25% de la población del país. Las víctimas de la represión del terrorismo de Estado en Argentina, demasiado numerosas, representan el 0,01% de la población.

Claro está que no se puede asimilar a las víctimas reales con las víctimas potenciales. Tampoco estoy sugiriendo que la violencia de la guerrilla sea equiparable a la de la dictadura. No solo las cifras son, una vez más, desproporcionadas, sino que además los crímenes de la dictadura son particularmente graves por el hecho de ser promovidos por el aparato del Estado, garante teórico de la legalidad. No solo destruyen las vidas de los individuos, sino las mismas bases de la vida común. Sin embargo, no deja de ser cierto que un terrorismo revolucionario precedió y convivió al principio con el terrorismo de Estado, y que no se puede comprender el uno sin el otro.

En su introducción, el Catálogo del parque de la Memoria define así la ambición de este lugar: “Solo de esta manera se puede realmente entender la tragedia de hombres y mujeres y el papel que cada uno tuvo en la historia”. Pero no se puede comprender el destino de esas personas sin saber por qué ideal combatían ni de qué medios se servían. El visitante ignora todo lo relativo a su vida anterior a la detención: han sido reducidas al papel de víctimas meramente pasivas que nunca tuvieron voluntad propia ni llevaron a cabo ningún acto. Se nos ofrece la oportunidad de compararlas, no de comprenderlas. Sin embargo, su tragedia va más allá de la derrota y la muerte: luchaban en nombre de una ideología que, si hubiera salido victoriosa, probablemente habría provocado tantas víctimas, si no más, como sus enemigos. En todo caso, en su mayoría, eran combatientes que sabían que asumían ciertos riesgos.

La manera de presentar el pasado en estos lugares seguramente ilustra la memoria de uno de los actores del drama, el grupo de los reprimidos; pero no se puede decir que defienda eficazmente la Verdad, ya que omite parcelas enteras de la Historia. En cuanto a la Justicia, si entendemos por tal un juicio que no se limita a los tribunales, sino que atañe a nuestras vidas, sigue siendo imperfecta: el juicio equitativo es aquel que tiene en cuenta el contexto en el que se produce un acontecimiento, sus antecedentes y sus consecuencias. En este caso, la represión ejercida por la dictadura se nos presenta aislada del resto.

La cuestión que me preocupa no tiene que ver con la evaluación de las dos ideologías que se enfrentaron y siguen teniendo sus partidarios; es la de la comprensión histórica. Pues una sociedad necesita conocer la Historia, no solamente tener memoria. La memoria colectiva es subjetiva: refleja las vivencias de uno de los grupos constitutivos de la sociedad; por eso puede ser utilizada por ese grupo como un medio para adquirir o reforzar una posición política. Por su parte, la Historia no se hace con un objetivo político (o si no, es una mala Historia), sino con la verdad y la justicia como únicos imperativos. Aspira a la objetividad y establece los hechos con precisión; para los juicios que formula, se basa en la intersubjetividad, en otras palabras, intenta tener en cuenta la pluralidad de puntos de vista que se expresan en el seno de una sociedad.

La Historia nos ayuda a salir de la ilusión maniquea en la que a menudo nos encierra la memoria: la división de la humanidad en dos compartimentos estancos, buenos y malos, víctimas y verdugos, inocentes y culpables. Si no conseguimos acceder a la Historia, ¿cómo podría verse coronado por el éxito el llamamiento al “¡Nunca más!”? Cuando uno atribuye todos los errores a los otros y se cree irreprochable, está preparando el retorno de la violencia, revestida de un vocabulario nuevo, adaptada a unas circunstancias inéditas. Comprender al enemigo quiere decir también descubrir en qué nos parecemos a él. No hay que olvidar que la inmensa mayoría de los crímenes colectivos fueron cometidos en nombre del bien, la justicia y la felicidad para todos. Las causas nobles no disculpan los actos innobles.

En Argentina, varios libros debaten sobre estas cuestiones; varios encuentros han tenido lugar también entre hijos o padres de las víctimas de uno u otro terrorismo. Su impacto global sobre la sociedad es a menudo limitado, pues, por el momento, el debate está sometido a las estrategias de los partidos. Sería más conveniente que quedara en manos de la sociedad civil y que aquellos cuya palabra tiene algún prestigio, hombres y mujeres de la política, antiguos militantes de una u otra causa, sabios y escritores reconocidos, contribuyan al advenimiento de una visión más exacta y más compleja del pasado común.

Tzvetan Todorov es semiólogo, filósofo e historiador de origen búlgaro y nacionalidad francesa. Traducción de José Luis Sánchez-Silva. La nota se publicó en el Diario El País en diciembre de 2010.

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Comentarios

  1. Micaela

    Me dio gusto leerlo. Muchas Gracias.

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